Se queda viéndome justo a los ojos, me mira y simplemente sonríe. Y es suficiente, no necesito más, su mirada lo es todo para mi, sus pupilas queriendo atravesar las mías y ver que dentro de mi también habita todo eso que le revuelca el estomago durante cada uno de nuestros besos.
Me besa, y entonces explotan esas pequeñas partículas que todos tenemos en nuestro estómago destinados simplemente a ello, a parecer mariposas que se mueven incansablemente, a simular "una descarga de adrenalina" y me doy cuenta de que me encuentro en el momento indicado, con la persona indicada haciendo lo que el destino me indicó hacer.
Pero aquella noche no fue cualquier noche, aquel beso no fue cualquier beso y sencillamente aquello no fue simplemente sexo; no existen palabras para describir lo que la perfecta combinación de calor y amor logró hacer con nosotros, lo que nuestros cuerpos en silencio gritaron y lo que sin darnos cuenta hicimos.
Y es que con la misma suavidad con la que se acaricia una rosa, me tocó cada rincón de mi cuerpo; con la ternura con que se observa el atardecer, me contempló de arriba abajo; con el amor con que sólo él sabe amar, me amo hasta que no tuve más alternativa de susurrar ¡ya!.
Todo termino como tenía que terminar, quiero decir, con dos sonrisas enfrentadas la una con la otra, incapaces de si quiera balbucear, pero ratificándose mutuamente que lo que acababa de suceder era real y sincero.
Así, me dispuse a abrazarlo y a recibir a Morfeo en la mejor de las compañías.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario