Estaba sentada en frente de una
blanca pantalla, escuchando música que no solo a mí me deprime, y tratando de
rebuscar recuerdos o razones para llorar, como quieran llamarlo, cuando me
surge la idea de escribir lo que siento, pensé que quizás esta sería una manera
más eficiente de analizar mis sentimientos (pues hasta el momento la cosa no se
me da muy bien), pensé que leer lo ridículo de los mismos me haría recapacitar
y que de no hacerlo prometeré buscar ayuda profesional.
Y bueno, antes que nada debo
confesar que escribir en primera persona es un placer del que no puedo
disfrutar muy a menudo, que me resulta casi excitante después de tres años
intentando ser una mediocre ensayista, y por lo tanto, dando mi opinión en
tercera persona, la primera persona es casi una amenaza a un papel en blanco.
Sumando problemáticas a lo
anterior y como segunda confesión, me encuentro enamorada, pero no de esa
manera como lo describen en las comedias románticas que tanto nos engañan, sino
de verdad, con ese amor que me hace despertar en la mitad de la noche a pensar
en el susodicho, que no me permite dormir (mucho menos estudiar), de ese que me
ha llevado a declararme culpable ante la víctima y del mismo que no es
correspondido.
En esas circunstancias, te invito
a leer las tonterías de una mujer que trata de olvidar recordando, que trata de
sonreír llorando, pero que sobre todo cometió el error de enamorarse de la
persona indicada en un momento en el que era improcedente.