jueves, 14 de agosto de 2014

Crónica de una noche asustada.

No suelo creer en Nostradamus aunque me encante Harry Potter, ni en brujas no obstante mi abuela diga "de que las hay, las hay", ni en sillas que se corren, ni en aplausos sordos en la cocina deshabitada, pero es que es difícil sacarse de la cabeza este tipo de hechos cuando si quiera hace unas pocas horas retaban mi  pensamiento lógico deductivo.

Y como diría Freud "evitando que mi inconsciente se apoderara de mi consciente", fui a la cocina con mis manos apretadas como única arma, en busca de aquel fenómeno que me constatará las leyes de la física que con tanto esfuerzo nuestro querido Newton dedujo de la caída de una manzana en su cabeza.

Petrificada, asustada y sin cobija que me protegiese de los fantasmas, me tuve que enfrentar a la realidad que me mostraban mis ojos, no existía causa para la consecuencia que tan solo hace segundos había percibido, no había nada, sólo oscuridad y silencio.

Así, con el sin sabor de desconocer qué fue lo que me sucedió tuve que correr a mi cama, en búsqueda del mejor de los escudos que tengo desde bebe. Así, mi cobija de terciopelo y mi peluche de Perry me arrullaron hasta que mis sentidos se calmaron y se decidieron a dormir.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario